Me levanto seis de la tarde, prendo la máquina y me pongo a leer desde la cama. Mauricio, mi gato, se acerca por la cama, se me trepa por el pecho y me da un beso en el ojo. Sí, Mauricio me da besos. Después se acurruca en mi panza, casi tapando la pantalla. Y le corro un poco la máquina para poder ver. Y casi como un reproche se vuelve a acomodar. Ahora se estira sobre mi panza, con las patitas para adelante. Y esconde la cabeza entre las patitas y se pone a ronronear.
Asi seguimos un rato, yo leyendo, él durmiendo. De fondo se escucha Madagascar en la tele. Me pongo a tipear y Mauricio abre los ojos, me mira y en forma de reclamo se para y se tira a al lado mio, donde mis manos no lo molestan.
Así estamos un domingo a la tarde. Que paz, Carlos. Que paz.